viernes, 3 de octubre de 2014

It´s only rock and roll, pero no es razón suficiente: crónica de una muerte anunciada.

El agosto último fueron liberados los integrantes de la banda de rock Callejeros en el marco de una libertad provisoria, con no sé cuántas salvedades, esas cosas de la justicia que sólo los abogados son capaces de tolerar, manipulaciones temporales, “derecho procesal” le llaman, que no hacen más que ver boyar de puerta en puerta a quienes persiguen, del modo que haga falta, coquetear con la libertad.
Los vericuetos legales así funcionan. Más vale remitirse a la problemática de Josef K para más detalles, donde un sesudo Kafka ilustrará como pocos lo absurdo de la lógica del poder judicial, ubicando al lector en estados absurdos,  graciosos de a ratos, angustiantes. Analizar y tomar en serio dispositivos de esta calaña, que no hacen más que perpetuar los tiempos de acuerdo a la conveniencia de turno, no hará más que aumentar la desidia ante un imposible lógico, tan parte de lo humano y “más viejo que la injusticia”.
Omitiendo las cuestiones estructurales, este caso tal vez por estar tan lleno de paradojas, de negligencias, de muertes jóvenes no deja de interpelarnos a quienes fuimos y somos parte del mundo recitalero, rocanrolero. En este mismo sentido, de acuerdo al desarrollo de los hechos mismo,  la postura adoptada por los integrantes del grupo Callejeros y de una fracción de los seguidores de la banda no deja de llamar la atención: cada decisión, cada declaración y postura tomada por el grupo suscito indefectiblemente una incitación a  reflexionar en torno a lo que como sociedad entendemos por  responsabilidad, cuál es su alcance con respecto al grupo. Interrogantes tales como por qué volver a tocar luego de la tragedia, por qué sí o por qué no, por qué inocentes o por qué culpables –sólo por enumerar algunos de los hitos éticos que le compelieron a Callejeros- no fueron más que inevitables transcurrido cierto tiempo luego de Cromañón.
Preceptos tales como "obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en ley universal" son marcas de fuego para las morales modernas occidentales. Tal imperativo, una orden que valga tanto para uno como para los otros implica por lo menos identificarse con éstos no sólo para garantizar el buen obrar sino para extender el alcance de estas máximas  hasta aquellas situaciones en que estas reglas del buen obrar intenten ser franqueadas y, consecuentemente, para legitimar los castigos subsiguientes cuando la transgresión haya sido efectivamente un hecho. Fuimos espabilados hace ya tiempo, y casi como jugando a los ejercicios lógicos, que si estas máximas fueron necesarias ser explicitadas –llámese máxima, llámese mandamiento- es porque es-ya evidente en los sujeto la existencia de lo que Freud llamó masoquismo, pulsión de muerte, malestares en la cultura, todos ellos nombres de la tendencia humana a la desintegración, de regresar hacia lo inorgánico tanto del sí-mismo como del todo social.
No es poco ser anfitrión de un evento donde mueren casi dos centenares de tus invitados, entre ellos miembros de tu propia familia. En este sentido cabe preguntarse qué sucede en el fuero interno de cada uno de los músicos de Callejeros cuando, en tanto miembros de una sociedad occidental en pleno siglo XXI, “el hacer de su máxima una ley universal” se impone en la conciencia inevitablemente, marcada a fuego, como imperativo y orden básica del obrar en sociedad. El hecho de autoproclamarse inocente y víctima de la tragedia acontecida en un concierto convocado por el propio grupo, invita a someter al análisis ciertos eventos que no resultan menores si lo leemos en clave a lo sucedido el 30 de diciembre de 2004. En esta suerte de “Arqueología de Cromañón” tal vez se logre problematizar, en el mejor de los casos conmover, algo de una posición (a la cual aun no es posible nombrarla) que huele a teen spirit en palabras de Kurt Cobain, de proclamar una inocencia a ultranza e intentar perpetuar un lugar de víctima que de a ratos se torna insostenible, incomprensible.

Crónica de una muerte anunciada
El 30 de diciembre de 2004 se incendia República de Cromañón, un lugar donde tocaban bandas de rock, nuevo en la escena under, sitio que había abierto sus puertas ese mismo año. Digamos que Cromañón, Callejeros y la tragedia son el síntoma de una época, tantas veces hemos escuchado decir “le podía haber pasado a cualquiera”, “todos los lugares eran un desastre”. Si bien estas afirmaciones son ciertas, digamos que ante la suma de 194 víctimas fatales dentro de las cuales alrededor del 90% son personas menores de 30 años, conformarse con tan laxo análisis y ese puñado de frases hechas nos convierten, al menos, en mediocres e injustos para con los muertos. 
El 28 de diciembre del año anterior Callejeros tocó en un Cemento desbordado por la multitud que acompañó a la banda a cerrar el 2003, año de consagración en la escena under, a la vez que se le daba la bienvenida a un año que ya se sabía prometedor. El verano de 2004 los verá brillar en el escenario del Próspero Molina en el marco del Cosquín Rock. Volviendo un poco a Cemente: esta meca del rock llevó a  Omar Chaván al éxito dentro del mundo empresarial del rock under y la contracultura. Cemento representó durante casi dos décadas la plaza por la que toda banda de rock que se jactara de tal debía pisar. Digamos que esta popularidad trajo aparejada, como todo aquello que funciona y rinde en este mundo, un incremento significativo del capital de su dueño. Como la mayoría de los empresarios Omar Chaván, en detrimento de invertir al menos parte de ese dinero para hacer de Cemento un lugar habitable, se preocupó más bien por ampliar su patrimonio inmobiliario y expandir el imperio del rock hacia lo que prometía ser la nueva meca, en el barrio de Once.
El 15 de abril de 2004 República de Cromañón se inaugura y es Callejeros el grupo encargado de dar en puntapié inicial. Para estas fechas “Una nueva noche fría” ya sonaba en cuanto radio sintonicémonos. El viernes 28 y el sábado 29 de mayo, Callejeros repite fecha en Cromañón, y hace  por primera vez un doblete;  el 30 y 31 de Julio de ese mismo año se presentan en el Estadio de Obras Sanitarias, grabando su primer disco en vivo; el 5 de diciembre tocan en la Plaza de los Dos Congresos para una multitud en el marco de los “2KM por el SIDA”; el 18 de diciembre tocan por primera vez en un estadio de fútbol, escenario consagratorio para cualquier grupo de rock argentino. El público rondará los 40000 espectadores.
Cerca del 20 de diciembre, se anuncia  en una suerte de off de record, un cierre de año, de etapa, en República Cromañón. Representaba quizá soltarle la mano a quién, hasta entonces, tendrían que agradecerle si no todo, sí mucho de lo alcanzado hasta allí. Las fechas son en total tres y en cada una se tocaría, completo, el disco correspondiente: primer fecha, 28 de diciembre, Sed; segunda fecha, 29 de diciembre, Presión; tercera fecha, 30 de diciembre, Rocanroles sin destino, último disco de Callejeros. Prometían ser tres noches de verano únicas, ideales para despedir el año entre amigos y acompañar a una banda que por entonces despertaba pasiones de las buenas con la energía que caracteriza a esa semana entre navidad y año nuevo.
Tanto el 28 como el 29 de diciembre fueron noches extrañas. Con el diario del lunes supimos que los preludios de ambos conciertos fueron idénticos al de la noche del 30: anuncios de Omar Chavan anticipando que “vamos a terminar como el shopping de Paraguay” (en referencia al incendio sucedido en el supermercado Ycuá Bolaños el 1 de agosto de 2004 en la ciudad de Asunción del Paraguay), exaltación desmesurada del público, advertencias sobre el uso de la pirotecnia, sobrepoblación en un lugar colapsado por donde se lo viese.

La tragedia, paredón y después
El 30 de diciembre sucedió lo que tras recapitular la sucesión de los acontecimientos al menos en su vertiente más superficial podríamos calificar de inevitable: incendio de una media sombra que liberó como producto de la combustión de los componentes el monóxido de carbono que terminó con la vida de 194 personas -muchos de éstos fallecidos en el acto, muchos durante los días y meses subsiguientes a la tragedia, otros se quitaron la vida y hasta hubo muertos de tristeza-, que dejó unos cuantos centenares de heridos y otros miles de sujetos que, presentes o no esa noche, conservan, quizá intacta, en la memoria lo acontecido aquella noche en Once.
Más allá de las culpas que ya la justicia se encargó de esclarecer – estemos de acuerdo o no con la investigación y/o la sentencia- son eufemísticamente interesantes las posturas tomadas por los imputados en la tragedia. Por un lado tenemos un Chaván místico, unos políticos que aun dan las gracias por los tres generosos años de prisión a los que fueron condenados; la mano derecha de Omar Chaván también cumple la pena en prisión. Por otro lado, están los integrantes del grupo -músicos, escenógrafo y manager- con penas que varían entre los 3 y los 18 años. Entre ellos figura el baterista Eduardo Vázquez condenado a prisión perpetua por el asesinato de su mujer Wanda Taddei, a quien prendió fuego y murió tras unos días de agonía en un hospital porteño.
En agosto de 2014 quedaron excarcelados todos menos Vázquez, naturalmente, y el manáger de la banda Diego Argañaraz a quien se le ratifica la pena en tanto autor intelectual de la tragedia, en la medida en que oficiaba como “cara legal” del grupo. ¡Tantas veces se habrá reflexionado a propósito de la responsabilidad judicial que le toca al manáger! probablemente haya sido del grupo de amigos el único que no sabía tocar ningún instrumento. Esta inocencia original no le exime de lo que vino luego, ya que Callejeros traspasó los límites de “la banda de barrio”, y de eso también hay que hacerse cargo. Y digamos que, así como Argañaraz no tiene la posibilidad de elegir  ver si este traje le cabe o no ya que la justicia ya habló, el resto del grupo queda en evidencia ante algunas de las posturas tomadas.
Si bien la vuelta a la escena pública fue de la mano de Callejeros en un Chateau Carreras explotado y repleto de una necesidad de reparación, el regreso de Fontanet se consolidó mediante un nuevo proyecto musical, “Casi Justicia Social”, tan cargado de significantes, tan vacíos de sentido. Algo en torno a la Justicia quiere decirse pero no queda claro qué, más bien quedamos sumergidos en una laguna semántica. Quizá ni sus fundadores saben bien qué quisieron decir con esto: ¿la justicia para el pueblo es injusta?  ¿la justicia es “casi” peronista? ¿algo en torno a la justicia no se estaría realizando? por arriesgar algo en un juego de asociación libre. 
La situación es compleja, no todos los días se es víctima y victimario de un acontecimiento tan trágico como lo que pasó Cromañón. Los integrantes de Callejeros han perdido a muchos familiares y amigos esa noche y tal vez sea  esta la razón por la cual se ha desechado en todo momento toda invitación a la reflexión.
En su texto sobre La negación Freud desarrolla la importancia fundamental que tiene el juicio en la medida que será el mecanismo mediante el cual se atribuirá o no consistencia real aun suceso:”la función del juicio tiene, en lo esencial, dos decisiones que optar. Debe atribuir o desatribuir una propiedad a una cosa, y debe admitir o impugnar la existencia de una representación en la realidad” (Freud, 254). Digamos que esta función se realizará en dos tiempos: para poder darle consistencia real a una representación ésta debió haber sido dotada de atributos en un tiempo anterior sino, directamente, no existe.
En todo este tiempo las preguntas de quienes consideran que las decisiones y acciones de los anfitriones de esa noche están en juego en lo acontecido giran en torno a algo que podría condensarse en la siguiente sentencia: no se sabe si el autoproclamarse inocente a ultranza responde a que algo de la inscripción de la responsabilidad nunca ha tenido lugar en las subjetividades de los músicos de la banda y del grupo en general o si, a pesar de esta inscripción, en el segundo tiempo del juicio es más beneficioso mirar para otro lado. En caso de ser la primera, Freud ha llamado a este fenómeno desestima, el no-lugar de un juicio, su no-inscripción en el aparato psíquico. Este es el mecanismo fundamental de la psicosis. En caso que sea la segunda, tendríamos otra defensa en juego, la escotomización, la cual se caracteriza por un recorte de la realidad, borrando de la percepción todo lo que no se reduzca a ese recorte. Vale agregar un “inciso b” a este segundo caso, ya que la defensa en juego podría no ser la escotomización sino la desmentida, defensa caracterizada por el desecho de un juicio pero que, en el espacio vacío que este desecho deje vacante, emergerá un sustituto. Este último es el mecanismo típico del fetichismo y de la perversión en sentido amplio.   

Lo cierto es que ante un saldo de 194 víctimas fatales mirar para otro lado es por lo menos obceno; pensar que nada de sí-mismo en tanto grupo convocante tiene que ver en lo sucedido es negador; refugiarse en las muertes cercanas como argumento para evitar todo tipo de instrospección es cobarde. Obcenidad, negación y cobardía resultan en suma una falta de respeto para los sobrevivientes, para los amigos y familiares de los muertos, para las nuevas generaciones que escuchan a la banda y enaltecen el mito. La justicia ya habló y nada cambiará los resultados, los nombres de los culpables o de los inocentes. Esto se trata de otra cosa. Tiene que ver con una ética y una actitud del sujeto humano en relación con la humanidad toda. Si acordamos vivir bajo un imperativo que promulgue que la acción debe valer tanto para uno como para los otros, Cromañon merece una reflexión por parte de las conciencias que hicieron posible esta tragedia. Ante 194 muertes la hipocresía no puede ser un resultado posible. Diez años después puede ser un buen momento para dejar de expulsar culpas y responsabilidades y ver qué hemos hecho con nuestras decisiones y sus alcances.    

domingo, 6 de enero de 2013

El niño prodigio del cine


El fin de la década del ochenta ha sido uno de los varios puntos de inflexión que podemos adjudicarle al siglo pasado. Pareciera  que la caída de la cortina de hierro nos haya obligado no sólo a replantearnos políticamente nuestra vida, sino también las identidades asumidas hasta entonces, en concreto a lo que la cuestión del género respecta. Es como si, con la caída del mundo bipolar, aquella barrera divisoria entre lo femenino y lo masculino, lo hétero y lo homo, haya sido puesto en boga por primera vez y para siempre en la historia de los hombres. Ojo: no porque esto no haya generado problemas entre nuestros antepasados. Pero nunca hasta entonces la opinión pública, la producción científica y el mundo artístico en general puso la mirada en aquellas vidas que, hasta entonces y según palabras de Judith Butler, “no merecen ser vividas”.

Simultáneamente a estos acontecimientos, en 1989 nacía Xavier Dolan, brillante y prometedor director, productor, guionista, actor e infinidad de etcéteras canadiense. Esta vez, el lúcido muchacho nos cuenta una historia de amor en el transcurso de diez años – de 1989 a 1999. Laurence Anyways es, ante y sobre todo, una historia de amor: retratará la relación que parte de un hombre y una mujer heterosexuales hasta terminar en la relación de un/a trans y una madre de familia, pasando en el medio por todas las variantes y coyunturas dramáticas posibles e imaginables. La misión se puede dar por cumplida en la medida en que nunca se abandona el estatuto de historia de amor -y no sólo que no se abandona, sino que se logra.

Es un denominador común en las películas de Dolan la cuestión del amor, de los géneros, así como también las presencia de madres, al menos, sugerentes. Ya en sus dos anteriores filmes -“I killed my mother” y “Les amoures imaginaires”- nos cuenta historias de amor atravesadas por las dificultades de convivir con la adolescente homosexualidad y con una madre que pareciera ser un monstruo y que deberá ser matada, simbólicamente, para que la existencia sea más liviana, en el primer caso, así como la historia de un triángulo amoroso sumergido en la confusión que el amor y un triángulo implican, donde pareciera que los géneros o identidades sexuales no importasen demasiado a la hora de abordar y seducir a otro, en el segundo. Me atrevo a afirmar que Dolan, en cada una de sus películas, hace un humanismo del elogio al amor.

Laurence Anyways de por sí es un título sugerente: de todas maneras, Laurence. Es emocionante ver a los largos de los 160 minutos de película cómo este adolescente tardío logra dar cuenta de la subjetividad de una época, de su estética, sus prejuicios y los avatares sociales que, en los años 80 y 90, han atravesado estas identidades abyectas quienes, luego de múltiples luchas, se han hecho y se hacen aun hoy un lugar en el mundo y en el imaginario social. Los toques “Dolan” se ven en cada personaje, en su ropa, maquillaje, estética, música, escenografía, fotografía y cualquier detalle que el entendido en cine quiera tener en cuenta. Este muchacho es una marca registrada y, sin dudas, un referente estético en el cine que está y que vendrá: andróginos al estilo  Ziggy Sturdust que habitan un submundo rescatan a nuestro protagonista de los maltratos e injurias sociales y lo ayudan a sobrevivir en este mundo que cambia, mujeres al estilo “chicas Almodóvar” con narices prominentes y ojos inmensos, moda vintage por doquier, entre otras cosas.

 El elogio no será solamente al amor, sino también al hedonismo y a los placeres; las encrucijadas son muchas, al igual que las sorpresas. Las decisiones que tomarán los protagonistas no parten de contextos sencillos no obstante, como el sentido común lo creería, no son los ropajes o las elecciones sexuales lo que comande el escrutinio de cada quien: ni una novia relegada, ni una viril madre parecen demasiado afectadas por esto. Resulta ser que en, última instancia, las elecciones de los seres humanos no responden a la moral.

Retomo alguna declaración de Alain Badiou: “El encuentro entre dos diferencias es un acontecimiento, algo contingente, sorprendente. Las “sorpresas del amor”. A partir de este acontecimiento, el amor puede iniciarse e introducirse. Esta sorpresa pone en marcha un proceso que es fundamentalmente una experiencia del mundo”. Es que en un mundo cosmopolita, donde las fronteras se levantan, donde las dualidades se agotan no es extraño que la experiencia de amar sea puesta en boga. El acento está puesto en el encuentro, en lo sorprendente, en la experiencia a la cual la vida nos invita. El nuevo cine nos propone y sugiere eso, a historizar esa lucha por hacerse un lugar en el mundo, a retratarla de la forma más bella que haya sido posible y permitirle a esas vidas que hasta entonces no merecían ser vividas ser llevadas a la pantalla y ser introducidas en el arte con una fineza y buen gusto difíciles de superar.
   

viernes, 31 de agosto de 2012

El largo y sinuoso camino a la soberanía

Fragmento de "La parte maldita" de Georges Bataille en el que manifiesta su desacuerdo con la lógica racionalista que pretende optimizar la utilización de recursos en pos del avance y progreso de las sociedades modernas:

"Partiré de un hecho elemental: el organismo vivo, dentro de la situación que determinan los juegos de la energía en la superficie del globo, recibe en principio más energía que la necesaria para el mantenimiento de la vida: la energía (la riqueza excedente) puede ser utilizada para el crecimiento de un sistema (por ejemplo de un organismo). Si el sistema no puede crecer más, o si el excedente no puede ser absorbido en su crecimiento, es necesaria la pérdida sin beneficio, el gasto, voluntario o no, glorioso, o al menos, de manera catastrófica".


The Lumberjack


miércoles, 29 de agosto de 2012

-preambulo para dar cuerda a un reloj-

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Julio Cortázar

sábado, 28 de julio de 2012

Canciones Perdidas I


Recuerdo que durante un recital en una de esas típicas pequeñas casas de San Telmo, Pablo Dacal, sin más que su guitarra y una tenue luz de velador que iluminaba sus canciones amablemente desbordadas de imágenes de presentes y futuros inciertos, se disponía a tocar “Tu Río Musical”. Antes de empezar, Pablo consultó cuántos de los presentes (alrededor de 50 personas, aunque el margen de error es muy amplio) tenían el disco de Viajantes, y antes de que varios levantemos la mano porque lo habíamos bajado de internet, aclaró que se refería a quiénes habían obtenido la versión original del disco. Sólo una persona dijo tenerlo y el único motivo por el cual había accedido a él era a través de un regalo que el mismo Pablo Dacal le había hecho después de un show. Luego, continuó tocando un rato más, incluyendo la lectura de poemas de “Guitarras Negras” de Luis Alberto Spinetta -en la triste semana de su partida- para concluir con generosas versiones de Los Gatos y Almendra.
Es el final de esta breve anécdota, pero el comienzo de pensamientos que se instalaron en mi mente, en aquel momento desperdigados, pero que fueron el germen de la idea de pensar a Viajantes y su único disco, colmado de canciones difíciles de conseguir, pero valiosas y merecedoras de algunas palabras elogiosas.


Viajantes nace durante el año 2009, a partir de la conjunción y la afinidad creativa de Pablo Dacal, Alfonso Barbieri, Manuel Onís y Juan Jacinto. Pero ese no es más que el nacimiento formal del grupo y no es el objetivo extenderse en este rumbo. En cambio, a partir de acercarme a sus canciones, considero que no sería del todo impreciso intuir que Viajantes tiene su origen en las inseguridades e incertidumbres de hombres del mundo de hoy, en la necesidad de expresar las emociones y sensaciones frente a un presente que ofrece cada vez más caminos y herramientas que no conducen a otro lado que el abismo y la insatisfacción. El deseo de algún tipo de respuesta se hace evidente desde la primer canción, “No me digas no sé”, cantando “Si no vas a creer mejor no digas nada”, casi expresando la imperiosa necesidad de aferrarse a la ilusión de una fe ciega. Gritos desesperados de libertad resuenan durante otros pasajes del disco, particularmente en esa invitación a rebelarse ante aquellos que nos dominan y no son más que nuestros semejantes, que fue llamada “Discurso de la servidumbre voluntaria” y recupera algunos pasajes del texto antiabsolutista escrito por Étienne de La Boétie en el siglo XVI. “Espíritu libre” se manifiesta en el mismo sendero libertario, con un margen para el optimismo, en tanto “si vas creyendo en lo imposible, de a poco empieza a suceder”. Una melodía taciturna y envuelta en tristes acordes de guitarra acompaña las bellas palabras de “Tu río musical”, reflejando cierta desolación y miedo por el momento en que la música se deja de escuchar. La expresión de la nada que rodea una vida rutinaria y apática, que observa cómo pasa el tiempo y “a pesar de todo tampoco es tan malo” se presenta en “Temprano” y casi en sintonía, “Hablarte a vos” presenta una crítica sarcástica a la falta de comunicaciones humanas verdaderas en los tiempos de la posmodernidad y la era de la virtualidad.
Llegando al final del disco, nos encontramos con “La hora de los magos”, en la que Viajantes después de haber transitado un recorrido de diez canciones que muestran altas cuotas de pesadumbre, aunque con fuertes intentos de resistir frente a ella, deciden regalar un imaginario mundo perfecto. Para la creación de este universo de ensueño se suman numerosos artistas (incluso algunos sumamente conocidos), pero no resulta tan importante mencionarlos, cuando son tan atravesados por la letra y el clima de la canción. En este mundo ideal no existen los disturbios raciales, nadie más trabaja nunca salvo que sea un juego y se termina la guerra fría para empezar la de los besos, entre otras metáforas y deseos que constituyen este onírico viajante, que inevitablemente invita a cerrar los ojos, imaginar y vislumbrar una película que nunca pudimos ver.  
De esta manera finaliza el desplazamiento por los caminos del presente que ofrece Viajantes en cada una de sus canciones. No es posible afirmar que sea un disco conceptual, pero si es viable interpretar que, más allá de temas diferentes, existen algunas ideas que atraviesan la obra, lo cual es más notorio aún, al escuchar discos posteriores de Pablo Dacal y Alfonso Barbieri, particularmente. Lógicamente estos pensamientos están lejos (o no) de reflejar las intenciones de los autores al escribir las canciones. Sin embargo, creo que la mayor justicia que se le puede hacer al disco de Viajantes es justamente dejar de lado las explicaciones, para dar lugar privilegiado a las más puras sensaciones.


The Lumberjack


"No tengas miedo", de Montxo Armendáriz


“No tengas miedo” cuenta la historia de la vida de una joven española abusada sexualmente por su padre desde los 7 años. Silvia es la hija única de una familia burguesa integrada por la niña, una madre tan hermosa como narcisista y un padre odontólogo y perverso. Me disculpo desde ya ante la comunidad odontólogica pero no puedo evitar evocar, en el random mental, a diversos odontólogos psicópatas y a todas las fantasías que giran en torno a este oficio por parte de quienes somos sus pacientes ¿será que la odontología sea una profesión que facilite, al menos, la elaboración de algo del masoquismo primordial que nos constituye a los seres humanos? 
Tenemos, en principio, la perfección de una familia de clase media profesional donde la belleza, la dulzura, el talento y el dinero son las cuatro patas de una estructura sospechosamente normal. Tenemos una madre hermosa, amorosa con su hija igualmente hermosa y un padre cariñoso y atento de su más preciado tesoro. Resulta que estas atenciones, que en principio entran dentro del orden de lo lúdico y lo tierno, se tornan el viaje de ida a una pesadilla eterna: será el comienzo de una vida marcada por el estrago y el ultrajamiento.
Los efectos de lo traumático serán tramitados (o no) al modo que suelen hacerlo los niños (y que el Profesor Freud tan bien ha introducido en su “más allá del principio del placer”). Pero, como pasa en la mejores familias, las alertas rojas que se encienden en la casa de Silvia son negadas, rechazadas y desestimadas por quien se supone que está en este mundo -entre otras cosas- para ser intérprete de estos signos.
La niña no tardará en devenir adolescente. Sintéticamente, y sin intención de hacer teoría psicoanálitica barata, tenemos que el mecanismo de la represión -la vedette de la neurosis- se establece en tres tiempos: el primero, represión primordial fundante del psiquismo; segundo tiempo, -represión propiamente dicha- consistirá en reprimir las mociones incestuosas de la primera infancia; tercer tiempo, retorno de lo reprimido acompañado de la formación de síntomas. Este tercer tiempo corresponde cronológicamente a la reedición del complejo de edipo propio de la adolescencia y al segundo despertar de la sexualidad. En este tercer tiempo, todo aquello que ha sucedido y que con tanta fuerza se ha aferrado en el inconsciente, retorna interpelando al sujeto. Si bien la interpelación es dolorosamente inevitable para todos, para Silvia (y para cualquier persona que haya padecido tormentos similares) esta coyuntura la interroga en lo más íntimo de su ser.
La incipiente exogamia a la que la adolescencia invita comienza a enfrentarla ante el goce desmedido de aquel Gran Otro del cual ella resulta ser un objeto. Es que si bien todo proceso de subjetivación implica necesariamente el pasaje por el lugar de objeto y la consecuente pregunta ¿qué soy yo para el deseo del Otro?, las coordenadas y las posibilidades de separación no son las mismas cuando una subjetividad se ha fundado sobre el principio de ser un objeto ultrajable, violentable, un objeto “de mierda” para ese Otro. Y lo es aun más cuando ese Otro es de quien se han recibido las únicas atenciones y muestras de amor: la lectura e interpretación de La Ley que desde este mismo lugar se ofrecen resultan por demás confusas y, digamoslo, perversas. Vale agregar que cuando una subjetividad se configura a partir de estos preceptos, ser un objeto de mierda, llevar adelante la existencia puede ser insoportable a punto tal que Silvia, en cierto momento, se toma un taxi para arrojarse desde allí al asfalto segundos más tarde. Es que cuando la angustia no se soporta desde el lado del lenguaje (es decir, se torna más insoportable de los común), del lado del fantasma como respuesta a esta angustia, no queda más que la identificación con ese objeto “resto” que queda del lado del sujeto: es este “arrojarse fuera de la escena” la típica estructura que el psicoanálisis le da al estatuo de pasaje al acto. Dice Lacan al respecto: “Ese dejar caer es el correlato esencial del pasaje al acto. Aun es necesario precisar desde qué lado es visto este dejar caer. Es visto, precisamente, del lado del sujeto. Si ustedes quieren referirse a la fórmula del fantasma, el pasaje al acto está del lado del sujeto en tanto que éste aparece borrado al máximo por la barra. El momento del pasaje al acto es el de mayor embarazo del sujeto, con el añadido comportamental de la emoción como desorden del movimiento. Es entonces cuando, desde allí se encuentra – a saber, desde el lugar de la escena en la que, como sujeto fundamentalmente historizado, puede únicamente mantenerse en estatuto de sujeto- se precipita y bascula fuera de la escena” (Lacan, 1963).
Ameritaría otro escrito al respecto, pero bastará decir lo que sorprende cómo, a pesar de la anterior consideración sobre el estatuto del pasaje al acto en la vida de los neuróticos, Silvia es llevada a un neuropsiquiátrico y es tratada por un psicóloga con aires de hipnotizadora que, en el mes que dura la internación, no resulta capaz (ni interesada) de interrogar algo de la angustia de su paciente. Es lamentable cómo la psicología en pos de los tratamientos eficaces a corto plazo y apuntando al menor costo posible para pacientes, profesionales e instituciones ignora y forcluye la falta, la escansión, la hiancia, la insistencia, lo que puja e insiste. En una palabra: al Sujeto.
Durante su internación recibe la visita del padre, a quien se niega a ver. Recibe la visita de su madre, una bella mujer que no fue capaz -en su momento y en la actualidad- de alojar, ni siquiera creer, nada de lo que le sucede y dice su hija.
El tiempo pasa y Silvia adquiere ciertos hábitos que dan cuenta de un circuito que impide, valga la redundancia, la circulación de aquello incapaz de tramitarse vía lo simbólico, algo del orden de lo traumático que excede las posibilidad de reelaboración del sujeto, un significante desamarrado de un monto de afecto (de aquel afecto “que no engaña”) que no cesa de irrumpir ilimitadamente. Es en este contexto que conoce a un muchacho con quien entabla una relación amistosa para luego avanzar sobre algo más. Pero este “algo más” no es sencillo para quien el encuentro con lo sexual y el lugar de ser causa de deseo para un hombre está por demás complicado. Por suerte cuenta con una amiga de toda la vida, quizá la única capaz de soportar y contener algo de lo desbordante de esta muchacha. También la música cumple algo de esta función -los neuróticos no sólo contamos con destinos fallidos para nuestras rebeldes pulsiones.
Con mucho costo algo del orden de la exogamia pareciera suceder. La terapia de grupo, la posibilidad de que algo de lo real comience a tramitarse vía lo simbólico, los verdaderos afectos, son las aristas que acompañan a esta mujer a tomar una posición con respecto a su existir y a su miedo. La película es dramática e interroga a lo largo de sus 90 minutos porque, ¿cómo pedirle a alguien que no tenga miedo cuando, la persona que se supone que más te ama, es la persona que te arruina la vida?



-Summer Finn -Víctima, Charly García

lunes, 23 de julio de 2012

Agnés Jaoui: El gusto por el prejuicio

“El gusto de los otros”, “Como una imagen” y “Hablame de la lluvia” convirtieron a Agnés Jaoui en una de las directoras francesas más prestigiosas de los últimos años y su manera de narrar y caracterizar a los personajes es una razón esencial. La primera impresión que genera su filmografía es que las tres historias podrían ser parte de una sola, en tanto comparten una idea fundamental: en todas se realiza la deconstrucción de un prejuicio que circula en la sociedad, particularmente en las clase acomodadas francesas, que son las que aparecen representadas, en el marco de tramas que giran alrededor del costumbrismo y la cotidianeidad burguesa.
Durante una entrevista, Agnés Jaoui comentó que “incluso ahora, que pensamos que somos tan modernos y tan abiertos de mente, tenemos muchos prejuicios sobre la gente y eso hace muy difícil que nos comuniquemos entre nosotros”[1], lo cual, después de conocer su producción cinematográfica, suena a una declaración de principios. “El gusto de los otros” (Les gouts des autres) es paradigmática en este sentido, en tanto son puestos en cuestión los conceptos de “gusto”, “estilo”, a partir de los prejuicios que se generan cuando la mirada se centra en las elecciones artísticas del otro. Por otra parte, el film presenta una descripción de las relaciones que se establecen entre el artista burgués y el resto de la sociedad, en base a distintos significados que se atribuyen a la noción de cultura y a las cualidades que se deben tener para que se pueda calificar a alguien como ”culto”.
En “La elección de lo necesario”, Pierre Bourdieu elabora una distinción entre el gusto de las clases populares y el gusto burgués. Considera que el factor que determina las elecciones de las clases populares es la necesidad, que las lleva a una estética pragmática y funcionalista, con la intención de “obtener al menor costo el máximo de efecto, fórmula que para el gusto burgués es la definición misma de la vulgaridad”[2]. Contrariamente, las elecciones de la burguesía se caracterizan por responder a criterios puramente estéticos, no motivados por necesidades económicas. Este esquema de Bourdieu es pasible de ser identificado en el film, aunque con algunas diferencias:
  • En primer lugar, en “El gusto de los otros” no aparece un conflicto de clases, sino que la cuestión de las elecciones estéticas se plantea en el seno mismo de la burguesía. En este sentido, Jean-Jacques Castella, el personaje interpretado por Jean Pierre Bacri representaría el gusto de las clases populares, desprovisto de la capacidad para entender el arte, por lo cual es motivo de burla y vergüenza ajena por parte de un grupo de artistas que se presentan como los únicos calificados de establecer los parámetros de lo estético. Entre ellos se encuentra Clara Devaux, una actriz de teatro de la cual Castella se enamora, por lo cual intentará acercarse al mundo artístico, totalmente desconocido para él, en tanto es un empresario industrial desinteresado de ese campo. Incluso hay ciertos momentos en que la actriz se coloca en el lugar de protectora de Castella, quejándose ante sus amigos “artistas”, por una negociación que están cerrando con el empresario industrial para redecorar su empresa, ya que cree que se quieren aprovechar de él. Este esquema bourdieuano se rompe a partir de una pregunta que realiza Jean-Jacques Castella a Clara Devaux acerca de la compra de un cuadro en una exposición, que deviene fundamental para la idea central del film de Jaoui: “¿No se puso a pensar que quizás solo lo compré porque me gusta?”. En ese momento queda ridiculizada la figura del artista burgués que se posiciona en un lugar distinto al resto de la sociedad, lo cual queda evidenciado en la posterior culpa de Clara por su prejuicio acerca de los gustos del empresario.
  • Por otro lado, la supuesta preocupación de los artistas por lo puramente estético y no funcional, no está disociado del interés por obtener fines de lucro, satisfaciendo necesidades económicas. De esta manera, se niega el concepto de “arte por el arte”, en pos de un arte burgués solo comprendido por los selectos miembros del grupo, que pretende aprovechar las supuestas carencias estéticas de quienes no forman parte del mundo artístico, en este caso Castella, para obtener réditos económicos.


De esta manera, a través de una historia de la vida cotidiana de la burguesía francesa, Agnés Jaoui elabora una manera de caracterizar a los personajes que profundizará en sus siguientes películas: cada uno de ellos centra siempre su mirada en lo que hacen los demás y construye un prejuicio, evadiendo sus conflictos internos o negándolos. Esta situación genera un escenario repleto de relaciones sociales complicadas,  confusas, en las cuales los sentimiento reales son escondidos detrás de un aparentar constante, que responda exitosamente al discreto encanto que debe demostrar la burguesía en todo momento, el cual Jaoui evidencia a través de un juego permanente entre el drama y la comedia absurda.




The Lumberjack

[2] Bourdieu Pierre, “La elección de lo necesario” en La Distinción, Taurus, Madrid, 1979.